Todos hemos caído en la trampa, una imagen de mercado criminal: «Friusa como caos y miedo». Error. Nos han hecho mirar la delincuencia doméstica para que miremos la más criminal. La verdadera cofradía no está en el callejón. Está en la villa de lujo. El más vulgar de los negocios no está en el hoyo. Está en las avenidas. En periferia de la hilera de restaurantes de Los Corales en Bávaro; de El Cortecito, de La Av. España…, con permisos exclusivos para vender el sexo por libras: «Sino mencionas el nombre correcto del patrón no te puedes vender aquí».
No tienes que ser delincuente pero puedes ser un obediente taxista que conozcas las direcciones, no las del GPS, sino las ubicaciones exactas de dónde están los tres productos.
Uno controla el negocio sexual, otro la venta y distribución de sustancias y otro el de los robos y control de las esquinas.
Hay tres jefes que nunca se pisan. Uno controla la química. Quién vende, dónde, a qué hora. El otro controla el deseo. No en la calle, sino en residenciales de lujo, de portón eléctrico. Casas que de día son Airbnb y de noche son otra cosa. 200 y 300 dólares por un rato. No es Friusa. Es la villa donde nadie imagina.
Todo empieza con el taxista. El turista pregunta bajito y el taxista sonríe, porque ya sabe la ruta. Una ruta cobrada y repartida. «Welcome to the paradise».
Y aquí viene el párrafo que falta: Las direcciones tienen nombre. Las villas tienen propietario. Los carros tienen placa.
Todos miran a Friusa y nadie mira hacia las mansiones que se convierten en casas de citas y epicentros de criminalidad.
Todos preguntan por «El Hatiano». Nadie pregunta por «algún español» …, y a son de salsa dónde está «El buenon».
Son nombres que en Bávaro todo el mundo repite en voz baja y que cualquiera encuentra con apellido si busca. La pregunta no es si existen. La pregunta es quiénes cobran para no buscarlos.
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