Pandillas haitianas irrumpen en orfanato y raptan a 9 personas

Ni los niños ni la caridad están a salvo del terror armado

Redacción PCP
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Por: Nathalia Taveras 

“Irrumpieron a las 3:30 AM y se llevaron a todos sin disparar”

PUERTO PRÍNCIPE. HT – Un nuevo capítulo del horror sacude a Haití. Nueve personas fueron secuestradas en la madrugada del domingo en el orfanato Sainte-Helene, ubicado a unos diez kilómetros al sureste de la capital. Entre los raptados están la reconocida misionera irlandesa Gena Heraty, un niño de tres años y siete empleados del centro. La acción, ejecutada sin un solo disparo, ha sido calificada como un acto planificado.

Heraty, quien vive en Haití desde 1993, lidera este orfanato operado por la organización humanitaria Nos Petits Frères et Sœurs. La misionera confirmó estar entre las víctimas tras comunicarse brevemente con conocidos. Hasta el momento, los secuestradores no han solicitado rescate. El centro acoge a más de 270 menores y representa uno de los pocos refugios seguros para la infancia en medio del caos nacional.

El alcalde de Kenscoff, Masillon Jean, explicó que el grupo armado irrumpió a las 3:30 de la madrugada. Lo hicieron en silencio, con precisión. Nadie resultó herido. Todo indica que se trató de una operación perfectamente calculada, llevada a cabo por alguna de las muchas pandillas que operan con total impunidad en la región.

Según la ONU, más de 3.100 personas han sido asesinadas en Haití solo en los primeros seis meses del año. La violencia ha alcanzado niveles históricos. Las bandas armadas controlan barrios, rutas, negocios y ahora también orfanatos. La vida ha dejado de tener valor. Ni los niños, ni los voluntarios humanitarios se salvan del crimen.

Nuestras unidades de carga son las más avanzadas

Este secuestro no es una excepción. Es la confirmación de un colapso total. Haití se ha convertido en un territorio donde la ley del más fuerte domina. Donde el miedo se impone sin necesidad de disparos. Donde incluso la esperanza es rehén de las pandillas.

LÍNEA EDITORIAL:

Contar el horror no es amarillismo. Es responsabilidad. No normalizamos la violencia: la narramos con nombre, rostro y el grito que nadie escucha.

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